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Sobre Ser Perezoso

Emilio Castro //

La pereza tiene mala fama. Nos criaron diciéndonos que hay que trabajar duro, ser productivos, no perder el tiempo. Esa lectura me parece perezosa en sí misma: demasiado cómoda para un fenómeno que merece más de diez segundos de atención.

¿Qué es la Pereza?

En su forma más cruda, la pereza es resistencia al esfuerzo. Puede ser no levantarse del sofá o posponer una tarea importante semana tras semana. La pregunta que me interesa no es qué es, sino por qué aparece, y la respuesta casi nunca es “porque soy un vago”.

Hay quien la explica como respuesta evolutiva: nuestros antepasados conservaban energía porque no sabían cuándo comerían de nuevo. Otros la leen como señal de alarma frente al estrés o la ansiedad que genera una tarea específica. Las dos me parecen plausibles. Y las dos son más útiles que “ponte las pilas”.

Ejemplos de Pereza Productiva

La pereza productiva no necesita héroes de libro de historia para probarse. La veo todos los días en cualquier equipo de ingeniería. Quien se niega a repetir un proceso manual termina simplificándolo, no porque sea disciplinado, sino porque encontrar el atajo le cuesta menos que aguantar el tedio. Ese impulso, cuando tiene un objetivo real detrás, termina generando herramientas que ahorran trabajo a mucha más gente que a quien las escribió.

El programador que no quiere repetir un proceso manual lo automatiza. El ingeniero que odia las reuniones de una hora aprende a resolver lo mismo en un mensaje. La pereza con dirección no es un defecto de carácter, es un mecanismo de optimización que la mayoría llama disciplina cuando ve el resultado.

La Pereza como Herramienta de Introspección

A veces el problema real es que la tarea no debería existir, o no debería ser mía. Cuando me da pereza algo, el primer impulso es ignorarlo y forzarme de todas formas. Funciona, hasta que deja de funcionar.

¿La tarea es difícil o simplemente no me interesa? Son diagnósticos distintos. Si es difícil, la pereza es normal y puedo trabajar con ella: romperla en partes, cambiar el orden, darme un plazo real. Si no me interesa, algo más profundo está fallando: el trabajo, la meta, o la forma en que llegué ahí. Eso es una lectura honesta que la mayoría suprime con más café y más culpa, no debilidad.

El ejemplo que uso siempre es el gimnasio: meses sin querer ir ahí es la prueba de que el gimnasio me aburre profundamente, no de que sea perezoso. Cambiar de actividad, en ese caso, es dejar de hacer trampa.

La Pereza y la Eficiencia

En DevOps existe una regla no escrita que nadie anuncia en las reuniones de onboarding: si tienes que hacer algo más de dos veces a mano, ya vas tarde con la automatización. No por disciplina. Por pura flojera de no querer hacerlo una tercera vez, y esa flojera es exactamente lo que debe pasar.

El código más útil que he escrito nació de no querer repetir el mismo proceso manual una vez más, no de ambición ni de ninguna visión estratégica. La ingeniería tiene un nombre técnico para esto. Lo llamamos optimización porque suena mejor que admitir que nadie quería hacerlo a mano.

La Pereza en la Cultura y la Literatura

La tradición occidental no ha sido amable con la pereza: la trata como pecado, como fracaso moral, como algo que hay que confesar. Melville lo vio distinto, y me parece más interesante. Bartleby responde a cada solicitud con “preferiría no hacerlo” y no cede, nunca. Es perturbador precisamente porque no da razones, no negocia, no pide nada. Su negativa es acto político: rechazo del contrato tácito que firmamos cuando trabajamos para otros. Nadie sabe qué hacer con alguien que simplemente dice no, sin hostilidad, sin drama. En Japón existe el “inemuri”, dormir en público durante el trabajo, que se interpreta no como descuido sino como evidencia de dedicación extrema: alguien tan comprometido que se agota. La misma conducta, lecturas radicalmente opuestas según quién mira.

La Línea Delgada

No estoy romantizando la negligencia, que es otra cosa. Hay una diferencia real entre la pereza que señala algo y la que daña a otros. Evadir sistemáticamente responsabilidades de las que otros dependen es un problema con nombre propio, no introspección productiva, y ninguna filosofía lo resuelve.

La pereza que defiendo es la que aparece cuando el sistema exige más de lo razonable, o cuando llevas meses haciendo lo equivocado y tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza. Esa merece atención, no castigo. La otra, la que evita lo necesario por comodidad pura, no tiene aquí ningún defensor.

El progreso casi nunca lo empujan los más disciplinados. Lo empujan los que se negaron a seguir haciendo las cosas de la forma difícil. Lo que cambia es si esa pereza está al servicio de algo o solo al servicio de no hacer nada, y esa distinción no siempre es obvia desde adentro. Por eso vale la pena mirarla.